Por Juan Gullermo Isaza
Es parte del folclor familiar de la tía que fue de viaje a Estados Unidos y volvió impresionada con la inteligencia de esos niños de por allá, que eran "tan chiquitos y hablaban un ingles perfecto". Una sensación similar de perplejidad sufrieron muchos padres de familia hace años, durante la gran invasión de los computadores personales y la internet, al descubrir con alarma que sus hijos de ocho o nueve años se adentraban en la autoposta de la información a unas velocidades que a ellos simpelemente les producían vértigo.
Aquellos jóvenes que crecieron en una ambiente digital y los que ahora nacen completamente inmersos en él desde que llegan al mundo han desarrollado una mente que se está recomponiendo en ese caldo binario que se cuece al relacionarse a través de distintas interfaces gráficas y por múltiples canales al mismo tiempo. En pocos años probablemente un padre verá a su hijo abrir ventanas en su comuputador a los tres o cuatro años, con la misma tranquila complacencia con que un vaquero vería a su hijo hacerle el nudo a un lazo. Sin embargo, en la cabeza de muchos todavía rondan oscuros pensamientos: ¿Estaríamos criando un monstruo?, ¿qué ocurre en el interior de ese cerebro?, o para aquellos con un algún conocimiento básico sobre el funcionamiento de la mente: ¿son sus procesos cognoscitivos fundamentalmente distintos a los de él?
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